domingo, 21 de marzo de 2021

Relato: El sonido de la música

EL SONIDO DE LA MÚSICA

A Íker le gustaba recordar el día en que para él la música cobró sentido.

Su madre era una reconocida bailarina. Él la había visto bailar mil veces sobre el escenario, siempre tan elegante, con movimientos majestuosos, transportada por lo que oía y que lograba transmitir a cualquiera que la viese. Eso Íker podía entenderlo, lo había vivido toda su infancia y podía sentir a través de la vista todo lo que su madre quería comunicarle, sin necesidad de palabras ni de esa melodía que todos decían única para sentir la verdadera experiencia de la danza, y cuya carencia él no notaba.


La música, al igual que el sonido, para él carecían de importancia: había otras formas de comunicarse. Nunca llegó a echarlo en falta. A veces se preguntaba cómo sería la cálida voz de su madre, el trinar de un pájaro, la risa de su padre, las carcajadas compartidas con Miguel, su mejor amigo. Pero tal y como venía ese pensamiento se iba, porque había asumido hacía mucho que eso era algo que nunca conocería y ya no lo sentía como una pérdida.
 
Sus padres pensaron que, cuando empezara el colegio, podría tener problemas en comunicarse con sus profesores y con sus compañeros, y temían que se quedara aislado. Y sí, hubo dificultades, no siempre fue fácil, pero para Íker en realidad todo cambió el día que fue por primera vez a una discoteca y se convirtió en el sitio preferido de sus amigos, porque allí podían hablar, bailar, ligar, pasar el rato sintiéndose adultos. Aunque bueno, en verdad, hablar, lo que se dice hablar, no lo hacían mucho. Más bien se quedaban mirando a las chicas, cuchicheando entre ellos, hasta que uno se atrevía a acercarse donde estaban ellas y se ponía a bailar, abriendo la veda para que todos se juntaran y empezaran a menearse como imbéciles, o eso le parecía a él, pues cada uno se movía de una manera diferente, sin que nada uniera sus movimientos.
 
Íker era el único que se quedaba parado, mirando, incómodo, apartado, deseando que pasara el tiempo y fuera hora de irse a casa. Su amigo Miguel había intentado más de una vez que se uniera a ellos. Íker percibía la vibración de la música, pero se sentía desvinculado de su cuerpo cuando intentaba unirse a esa extraña danza, donde sus brazos y pies intentaban imitar lo que veían sin ningún éxito, y se sentía aún más ridículo que cuando se limitaba a observarles como un ornitólogo estudiando a una extraña y peculiar ave.
 
Se resistía a quedarse en casa y, puntual como un reloj, acudía a casa de Miguel para ir juntos a la discoteca, siendo ese recorrido el único rato en que disfrutaba, antes del suplicio de las horas inertes, momento en que más solo se sentía, y donde únicamente sí detestaba no poder oír, pues la música le aislaba como jamás había hecho ninguna palabra, ni ningún silencio, ni ningún desprecio.
 
Un día, su madre le dijo que fuera a buscarla a la academia de baile donde ahora ella ejercía de profesora para ir después a cenar pizza juntos. Cuando llegó, la recepcionista, mirándole fijamente y articulando muy despacio las palabras, le dijo que su madre iba a retrasarse y que la esperara en el aula número dos. Cuando entró en el aula, esperando encontrarla vacía, descubrió que había una chica rubia ensayando. No era el baile elegante de su madre que tan bien conocía. Era de otro tipo: movimientos rápidos y ágiles, siguiendo una coreografía que él no podía comprender, con un compás propio que transmitía energía, incertidumbre, firmeza e inseguridad, todo al mismo tiempo, y sintió que la chica estaba viviendo una lucha en su interior que intentaba exteriorizar, y que él jamás llegaría a entender porque no podía oír la música que la impulsaba a moverse.
 
—Ojalá pudiera oír la canción que estás bailando —se le escapó.
 
Ella paró bruscamente y se giró para mirarle. Íker leyó en sus labios:
 
—¿Canción? ¿Qué canción? No hay ninguna música sonando —. Le sonrió y se le formaron unos pequeños hoyuelos en las mejillas.
 
Él de repente sintió vértigo, porque comprendió que había cosas que no hacía falta entenderlas para sentirlas, e intuyó que acababa de asomarse a un precipicio al que estaría encantado de saltar, siempre y cuando le acompañara ella y su música insonora.

6 comentarios:

  1. ¡Qué bonito!!! Y precioso final! Con cada relato te vas poniendo el listón más alto.
    Besotes!!!

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    1. Muchas gracias, Margari. Este es de hace un tiempo, pero revisado.
      ¡Un beso!

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  2. Me ha gustado. Con todo lo bonita que es la música, no siempre es necesaria...

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    1. O a lo mejor es que a veces la música va por dentro.

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    2. Puede ser. Yo creo que cada uno sí que lleva su propio ritmo por dentro ☺️

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  3. Me ha gustado el giro final. Este tipo de giros es lo que para mi hacen un buen relato. Besos.

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Me encantaría que me comentaras, en especial si has leído el libro :)

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